top of page

Paso de Carlos V por Ribadedeva 2026

  • hace 11 minutos
  • 5 min de lectura



El pasado 8 de agosto se celebró el Paso de Carlos V por Ribadedeva.

Los príncipes fueron recibidos por el merino, obsequiándolos con un discurso que ponemos a continuación y las fotos de Santi Velázquez.

Muchas gracias a todos los que hicieron una edición en Pimiango.



Discurso del alcalde de Pimiango para recibir a don Carlos y a doña Leonor de Austria. Año del Señor de 1517.


Muy alto y muy poderoso príncipe don Carlos, rey de Castilla, de León, de Aragón, de Navarra, de Granada y de otros tantos reinos, ducados y señoríos que, si hubiere de nombrarlos todos, temo que nos alcance la noche antes de llegar al amén. Serenísima señora doña Leonor de Austria, hermana y acompañante de Su Alteza en tan trabajoso viaje.

 

En nombre de los vecinos de Pimiango, de los presentes, de los ausentes y aun de aquellos que, habiendo oído las campanas, se han quedado mirando desde detrás de alguna ventana, sean Vuestras Altezas bienvenidas a esta villa asturiana.

 

Pero no os tengáis por extraño en estas tierras, Señor, si al principio escucháis más palabras de las que alcanzáis a entender. Bien sabemos que Vuestra Alteza habla con soltura la lengua de Flandes, mientras el castellano aún os mira de lejos. Mas no os aflijáis por ello, que tampoco nosotros entendemos siempre cuanto dicen nuestros vecinos de la aldea de al lado, y aun así llevamos siglos tratándonos como buenos cristianos.

 

Grande ha debido de ser el designio de la Providencia para traeros hasta estas costas. Partisteis de Flandes buscando los puertos de Castilla, y quiso el mar —que no pide licencia ni a los reyes— mudar vuestro rumbo y entregaros a Asturias. No lo tengáis por desventura, señor, pues algunas veces Dios escribe derecho con vientos torcidos.

 

Llegáis joven de años, mas cargado de reinos; criado entre las cortes de Flandes, pero llamado a regir las tierras de vuestros mayores. Traéis sangre de Borgoña y de Austria, mas también la de nuestra muy católica Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Y creedme, señor: gobernar tan copiosa herencia habrá de ser empresa más dificultosa que atravesar el Cantábrico, porque a la mar se le vence aguardando bonanza; mas a castellanos, aragoneses, navarros y asturianos no siempre se les vence ni aguardando ni mandando.

 

Aquí cada reino guarda sus leyes, cada villa sus privilegios y cada vecino su parecer. El castellano quiere que su rey le escuche; el aragonés quiere que le jure sus fueros; el navarro recuerda quién fue antes de que nadie se lo pregunte; y el asturiano… el asturiano escucha en silencio, mueve la cabeza y acaba haciendo aquello que ya tenía cavilado. No os espante, pues, hallar gentes recias y poco amigas de zalamerías. La lealtad de estos pueblos no es de seda, sino de hierro: pesa, resiste y, una vez entregada, difícilmente se quiebra.

 

Aguardan vuestra llegada los grandes del reino, las ciudades y las Cortes. Halláis unos reinos engrandecidos por la obra de vuestros abuelos, Isabel y Fernando que Dios tenga en su gloria. Ellos pusieron término a la guerra contra la morisma de Granada, afirmaron la autoridad de la Corona y llevaron sus enseñas hasta donde antes solo alcanzaban los sueños de los navegantes. Por voluntad, amparo y resolución de vuestra augusta abuela, partieron las naves del almirante Colón hacia el mar desconocido y fueron holladas aquellas islas y tierras más allá del océano que conocemos por las Indias.

 

Mas tened bien presente que doña Isabel no quiso que aquellas tierras fuesen solamente ocasión de riquezas y señoríos. Dejó mandado que sus naturales fuesen instruidos en la fe de Cristo, amparados por la Corona y tratados con justicia, sin agravio en sus personas ni en sus bienes. Que sólo el único Dios legitima descubrir y conquistar, si es para evangelizar y civilizar.

 

Sea, pues, vuestro gobierno en las Indias firme contra quien se rebele, justo con quien obedezca y piadoso con quien haya de ser instruido. Que junto a cada espada marche una cruz, junto a cada capitán un hombre docto y junto a cada conquista una conciencia. Mucho recibiréis de vuestra abuela, señor: reinos, derechos, deberes y mares abiertos. Pero también sus últimas obligaciones, pues las coronas traen piedras preciosas por fuera y graves desvelos y tribulaciones por dentro.

 

Y ya que pisáis suelo asturiano, permitid que este humilde alcalde os recuerde dónde habéis puesto los pies. No lejos de aquí se alzan las montañas de Covadonga. Allí, cuando casi toda la tierra hispana parecía perdida, un pequeño grupo de cristianos se acogió a las peñas bajo el mando del noble Pelayo y bajo la protección de Nuestra Señora. Eran pocos; mas aquellos pocos resistieron.

 

En la santa cueva, donde la roca parece inclinarse ante la Virgen, prendió una llama que ni los ejércitos, ni los siglos, ni las discordias de los hombres pudieron apagar. De allí nació el reino de Asturias; de Asturias brotaron León y Castilla; y de aquella resistencia primera vino, paso a paso, batalla a batalla y oración a oración, la recuperación de las Españas.

 

Antes de que Granada rindiese sus torres, estuvo Covadonga.

Antes de que las naves castellanas cruzasen el océano, estuvo Covadonga.

Antes de que Vuestra Alteza heredase coronas capaces de asombrar a Europa, hubo unos hombres escondidos entre riscos que decidieron no entregar su fe ni su libertad.

 

Por eso, señor, no miréis estas montañas como tierras pobres y apartadas. Son las antiguas guardianas de vuestra Monarquía universal. En ellas no abundan el oro ni las especias, pero abundan la memoria, el valor, el trabajo duro y el honor.

 

Encomendad vuestro camino a la Santina de Covadonga. Pedidle que os conceda prudencia para escoger consejeros, fortaleza para defender la Cristiandad y paciencia para gobernar a vuestros pueblos. Esta última gracia pedidla dos veces, pues sospecho que será la que más habréis de necesitar.

 

Recibid, pues, estas llaves de Pimiango como señal de obediencia y hospitalidad. No abren fortalezas, porque no las tenemos; ni cámaras de tesoros, porque tampoco nos sobran. Abren las puertas de nuestras casas, la pequeña iglesia donde rezamos, los graneros donde guardamos el sustento y alguna bodega cuya cerradura, a decir verdad, conocen mejor los vecinos que este alcalde.

 

Tomad descanso entre nosotros antes de proseguir vuestro camino hacia el corazón de Castilla. Que al recordar esta jornada no digáis solamente que pasasteis por una aldea situada entre el mar y la montaña, sino que fuisteis recibido en una tierra que conoce el precio de la libertad, la antigüedad de la fe y la obligación de la lealtad.

 

Y si en medio de tantas coronas, guerras, embajadas y negocios de Estado olvidare Vuestra Alteza dónde comenzó a conocer verdaderamente sus reinos, acordaos de aqueste rincón asturiano. Acordaos de Pimiango. Acordaos de sus gentes, que os recibieron con más voluntad que riquezas, más franqueza que ceremonia y suficiente pitanza para demostrar que aquí podrá faltar moneda, pero nunca habrá de faltar honra… ni quien acerque otro plato a la mesa.

 

¡Dios guarde a don Carlos, nuestro rey y señor!

¡Que Nuestra Señora de Covadonga proteja vuestro camino y haga venturoso vuestro reinado!

¡Vivan Sus Altezas!

¡Viva el Rey!

 

 José-Hilario Martín


Pincha aquí para ver la fotos.

 
 
 

Comentarios


Últimas Entradas
bottom of page